Morir, nuestra mejor seguridad

Continuando con la temática del mes, la Seguridad, te acercamos la segunda enseñanza.

Hablar de seguridad incluye la confianza, nuestra fe. La semana pasada, Marcos nos hablaba acerca del temor de Dios como un diseño espiritual para colocarnos debajo de su protección.De alguna manera, el infierno logró torcer el principio de temor y volcarlo a su favor. A tal punto, que una de sus armas más eficaces es el temor. El mismo, opera a través de la intimidación.

El espíritu de temor (o cobardía, según la versión) opera paralizando a los hijos, frenando la obra de Dios en la Iglesia, confundiendo y sembrando duda. Cuando un hijo de la luz está en santidad, cuando la Iglesia está alineada a la voz del Padre, las puertas del Hades no prevalecen (Mt. 16:18).

Si esta verdad fue establecida por Cristo al momento de darnos las llaves, ¿por qué a veces el infierno logra tocar nuestras vidas, salud, economía, familias, etc?

¿Ponemos siempre nuestra fe en Dios?

Muchas veces por puertas que abrimos tales como el pecado y la iniquidad. Pero muchas otras por ceder ante la intimidación y poner nuestra confianza en dioses ajenos. Ejemplo: en contadas ocasiones, ante la intimidación de una sintomatología, creemos en esa mentira y le damos paso libre a la enfermedad. Primero operó en nuestro espíritu, pasó por nuestra alma y se terminó manifestando en el cuerpo. Como si fuera poco, cuando eso ocurre, lejos de ver qué debemos solucionar en nuestro ser, y pedir la guía del Espíritu Santo, corremos al médico confiando más en un remedio que en el poder del Cielo.

En otras ocasiones, manifestamos que el Señor es nuestra providencia. Pero al enfrentar una situación económica, volvemos a caer en la intimidación, buscando por nuestras propias fuerzas la salida. Lo peor, tratamos de resolverlo según las reglas del sistema económico del mundo y no bajo los principios del Reino.

 ¿Cómo confrontar al espíritu de temor?

La palabra de Dios dice que “En el amor no hay temor, el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme no ha sido perfeccionado en el amor ”. 1 Jn. 4:18. Ahora bien, podemos entender que debemos permanecer en Dios (Dios es amor) y ser perfeccionados en el amor. Pero ¿cómo se lleva adelante tal verdad? ¿De qué amor me está hablando?

El primer mandamiento dice: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Es imposible poder cumplir con esto sin morir a nosotros mismos. No podemos amar a Dios si Él no es lo primero en nuestras vidas, en nuestras decisiones, en nuestras motivaciones. Muchas veces decimos estar haciendo algo por Él o para el Reino, cuando en el fondo de nuestra motivación buscamos un deseo personal o un bienestar propio.

Ser perfeccionados en el amor es poder morir cada día, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Esto conlleva a la muerte y a veces (cuando no siempre), duele, cuesta y confronta. Pero el postrer estado es mejor, es glorioso. Ya no se trata de mí, sino de Él. Porque todo es para Él y por medio de Jesús todas las cosas fueron hechas.

Alguien que murió a sus proyectos, a sus ambiciones económicas, a su sanidad y a todo lo que hace a un bienestar propio, es alguien que no tiene absolutamente nada que perder. Desde ese punto: ¿a qué le podríamos temer? ¿qué podría intimidarnos?

Como decía Pablo, “el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Nuestra mejor seguridad: morir. Sólo así viviremos confiadamente.

Por Juan Coria